Anoche estaba trabajando en las planeaciones cuatrimestrales de mis grupos de licenciatura y sin querer me descubrí reflexionando. Sí, entre todo ese merequetengue laboral me dí el tiempo de reflexionar, porque así somos los profesores, el tiempo no existe para nosotros. Estamos comprometidos y nos gusta la excelencia al momento de impartir una clase. Es nuestra naturaleza querer ofrecer siempre los mejor a nuestros estudiantes. Así que ese momento de la tarde me encontré pensando en los límites que los docentes sobrepasamos en aras del cumplimiento de nuestra labor.
Con la llegada tan inesperada de la pandemia pareciera que tenemos más tiempo en casa y por lo tanto más tiempo para dedicarle al trabajo. Pero todo es un truco; si no comienzas a establecer fronteras entre lo que puedes hacer y lo que estás haciendo terminarás saturado, enojado y frustrado.
Algunos colegas han compartido sus experiencias conmigo. A los docentes de educación básica las exigencias llegan de parte de los padres de familia. Por una parte, están aquellos que no comprenden la dinámica del trabajo a distancia y piensan que el maestro puede atender de manera personalizada, todos los días, a cada uno de sus treinta alumnos. Agradecemos que se interesen, pero ya quisiéramos que ustedes estuvieran de este lado a ver si les alcanza la vida, y claro, la paciencia. Por otro lado, están los padres de familia que no pueden o no quieren hacer uso de la programación en la televisión y esperan que sea el maestro quien digiera todo y haga llegar las tareas, como si en eso se basara el aprendizaje. Y bueno, ni siquiera toqué el tema de las exigencias de la Secretaría de Educación Pública y su fantástica idea de que se puede planificar con base en temas que todavía no han sido transmitidos en la televisión.
A los docentes de educación superior nos llegan exigencias de otra índole. Claro que compartimos la repentina necesidad de aprender a manipular las herramientas digitales, pero eso solamente es la punta del iceberg. En nuestro caso no son los padres de familia (aunque no dudo que haya uno que otro por ahí), pero sí son las autoridades institucionales. Han llegado a solicitar tantas evidencias (incluso para comprobar que sí dimos la clase) que como docentes nos vamos disolviendo en todo ese trabajo adicional. Llega a ser contradictorio hasta cierto punto; si estamos laborando con ustedes es porque pasamos un filtro que ustedes diseñaron. ¿Entonces por qué desconfían? Como si pudiéramos discriminar el trabajo de nuestra vida. No es posible porque nuestro trabajo es nuestra vida. En nuestros momentos «libres de clase» estamos planeando, calificando o hablando de nuestro trabajo.
Así que sí, a todos nos están exigiendo más, estamos trabajando más y nos estamos agotando más. ¿Y las instituciones educativas cómo nos están retribuyendo esto? Todos tenemos que hacer una pausa y reflexionar.
Los límites no los estamos poniendo nosotros como docentes, los está poniendo alguien más con todas las exigencias que tenemos que cumplir. Lo más grave es que quien está estableciendo los límites difícilmente tiene idea de la carga que resulta impartir una clase en línea.

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